La comedia humana, de William Saroyan

Este es un libro que me recomendó un amigo hace mucho y que, hasta ahora, tiempos frágiles de cuarentena, no había leído. Su padre ha sido uno de los escritores cuya prosa, austera y sin artificios, sabia como pocas, más he disfrutado nunca, Juan Farias. Primera lección por tanto del libro, hay que hacer caso a los amigos. Más aún si saben de literatura. Y aunque está situado en los primeros años cuarenta norteamericanos, en estas circunstancias nuestras, bajo la pandemia, su lectura ha tomado para mí todo el sentido. Veamos por qué. 

Fiémonos siempre también de las primeras páginas de una obra. Esta arranca con un niño llamado Ulysses -pronto descubriremos a su hermano mayor, Homer- que, maravillado ante la naturaleza, siente una fascinación no menor por los trenes. Cuando pasa uno de carga, lento y ruidoso, junto al lugar donde estaba admirando una ardilla, el niño se lanza a saludar al maquinista y sus ocupantes, pero nadie le devuelve el saludo. Solo uno, negro y distinto a los demás, piensa Ulysses, le saluda y canta. Es este “un mundo extraño”, nos dice el narrador, “absurdo pero hermoso”. Ulysses lo recorrerá en diversas aventuras, lanzándose más allá de su casa, descubriendo en ellas, como los viejos héroes, el miedo, el riesgo o la amistad. Una vez ha desaparecido el tren, marcha tras el saludo de vuelta a casa, entrechocando sus pies en el aire, lo que hace siempre que está contento. Al llegar, cogerá el huevo de una de las gallinas del corral y se lo ofrecerá a su madre. Con ello, leemos a Saroyan, “quería decir lo que ningún hombre puede adivinar y ningún niño recuerda para contarlo”.

Estamos en plena Segunda Guerra Mundial en un pueblo de California, patria chica de Ulysses, Ithaca. El primogénito de la familia, Marcus, está en el frente. Con sus apenas 14 años, Homer trabaja en una oficina de telégrafos y ha de encargarse de llevar las malas noticias, las de la muerte, a las familias. Es una manera tremenda de hacerse mayor. La chaqueta le estaba grande y la gorra pequeña, describe el narrador para presentárnoslo. Montado en una bicicleta de segunda mano, en su imaginación Homer desarrolla un tema musical con el arpa de su madre, el piano de su hermana Bess, el acordeón desenfadado de Marcus y toda una orquesta de cuerda. Eran tiempos de telégrafos y música en casa, estaban doblando la esquina de la historia, en medio de una contienda donde Estados Unidos se iba a dejar 400.000 hombres. Hoy algunos cálculos rondan, moderados, los 100.000 fallecidos por la COVID-19 para ese país. 

La novela no solo la protagonizan los niños, también la gente mayor. William Grogan, telegrafista del turno de noche y jefe de cables, es memoria viva de ese mundo que se escapa. Quizá por tantas malas noticias acumuladas, por los constantes ataques que le dan y le empiezan a mostrar ya la puerta de salida, o sencillamente por la nostalgia de un mundo que se esfuma, el de las baladas antiguas de su viejo amigo Tom Davenport, bebe demasiado. Lo que espera de Homer, dice, es “una comprensión más profunda de lo que se espera de los hombres de más de doce años”, así que le pide que en cuanto le vea dormido, borracho, le eche agua fría en la cara y le traiga un café al instante. Él entonces seguirá trabajando. 

Recuerdo entonces a un viejo amigo mío, que ahora vive este confinamiento en París, y me viene de él una gran lección que él, a su vez, había aprendido de un viejo sabio, Amadou Hampâté Bâ: “En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde”. Esa frase colgaba de las paredes de su cuarto cuando le conocí. La generación que estos días sufre, más que ninguna, los embates del virus, acoge en su memoria las grandes experiencias del siglo XX y también las más pequeñas historias cotidianas de cada familia. No está siendo este el modo en que merecían despedirse. No tenemos respuesta, como el viejo Grogan ante cada funesto telegrama, al por qué de todo esto. 

Pero igual que la pandemia no es una guerra y el virus no es un enemigo al que abatir con uniformes, autoritarismo y pasos marciales, Saroyan tampoco acaba de aceptar del todo el tablero de la guerra justa en esta novela publicada en 1943. Leo en retazos de su biografía que el gobierno norteamericano le encargó redactar una obra que ensalzara las buenas relaciones con los británicos en medio de la contienda, pero él, pacifista confeso, entregó un texto que por poco le cuesta un Consejo de Guerra. Es así un autor propio de Sibbólet, alguien que no sabe, o no quiere, pronunciar las palabras de paso, aquellas que nos convierten en soldados. 

Marcus, camino del frente, escribe a Homer: 

“Estoy bien, y aunque nunca he creído en las guerras, y sé que son estúpidas, incluso cuando son necesarias, estoy orgulloso de estar en ella, ya que hay tanta gente que está, y estamos haciendo historia. No cuento a ningún ser humano entre mis enemigos, ya que ningún ser humano puede ser enemigo mío. Sea quien sea, es mi amigo. No tengo nada contra él, sino contra esa parte desafortunada de él que intento destruir primero en mí. 

No me siento un héroe. No se me dan bien esos sentimientos. No odio a nadie. Tampoco me siento un patriota, porque siempre he amado a mi país, a su gente, a sus ciudades, a mi hogar y a mi familia. Preferiría no estar en el ejército. Preferiría que no hubiera guerra (…) Tengo un miedo terrible, te lo tengo que decir, pero estoy convencido de que cuando llegue el momento haré lo que crea correcto. No obedeceré más órdenes que las de mi corazón”. 

Cada vez que Homer lleva un telegrama a una familia que, ajena a la desgracia, celebra un cumpleaños, pasa una tranquila velada veraniega o canta y toca música en casa, algo en su interior se quiebra para siempre. Así sucede desde el primero que entregara a Rosa Sandoval, mexicana, madre del soldado Juan Domingo, la noche que comenzaba su nuevo trabajo. Y escribe Saroyan, el armenio, sobre Homer, el chico de Ithaca: “se imaginó a la mujer en el pasado, una hermosa joven sentada en la cuna de su bebé (…) La vio mecer la cuna y la oyó cantar al niño. Mírala, se dijo a sí mismo”. 

Es imposible anticipar la muerte, prepararse para ella. Esa noche Homer volverá pedaleando entre lágrimas e imprecaciones, roto. Tampoco hay palabras que consuelen, si acaso el mero acompañar, como bien sabe hacer Spangler, director de la oficina de telégrafos, enamorado en medio del horror. “Tú me quieres, ¿verdad?”, le preguntaba a veces Diana Steed, y entonces Spangler era feliz. Sabía, gracias a aquellas palabras, cuánto se querían en medio de este absurdo y extraño mundo. 

Hay un capítulo crucial que nos dice mucho sobre cómo entiende Saroyan toda esta comedia humana, el del atracador. Un joven entra en la oficina, donde solo está Spangler, y lo hace armado con un revólver. Poco antes había recibido la ayuda del director, pero ahora parecía otro, estaba desesperado. Spangler le dice: 

“Te daría el dinero de todos modos, pero no porque me estés apuntando con un arma. Te lo daría porque lo necesitas. Ten. Es todo el dinero que hay. Cógelo y luego coge un tren a casa. Vuelve con los tuyos. Yo no informaré del robo. Pondré el dinero de mi bolsillo (…) Si necesitas usar un arma para conseguir dinero, entonces es tuyo. Sé cómo te sientes porque yo me he sentido igual. Los cementerios y las prisiones están llenos de buenos chicos norteamericanos que han tenido mala suerte y han vivido malas épocas. No son criminales. Ten. Coge este dinero y vete a casa”. 

Uno de los retos de este confinamiento es el de ponernos en los zapatos de otro/a. Pero eso no basta, podemos imaginar una situación, un dolor ajeno, pero hemos de acompañarlo de compasión, de un sentimiento que acompañe al intelecto. Imaginación, pasiones y razón, pura condición humana.

“¿A quien se puede odiar? (…) ¿Quién es el responsable?” musita en el abismo Homer al recibir un telegrama del Departamento de Guerra. Leerlo me conduce a escuchar la rabia ajena, sus razones, acompañar en silencio si es necesario, tratar de disolver tanta furia desordenada para convertirla en amistad, comprensión, tristeza y deseos de salir de esto lo mejor posible, aún en la diferencia. Sabiendo del conflicto social inevitable que también nos recorre. Conocer a Homer, adivinar por dónde irá, ayuda a reafirmar las convicciones sobre lo triste y estéril que siempre es el camino de cualquier odio. Desterrarlo por tanto, no evadir la responsabilidad, pero sin juicios sumarísimos, y volcarse con todo en que no vuelva a pasar.

Pensemos así más allá del gobierno que menos nos guste, de una manera crítica a la vez que reparadora, independiente, constructiva sobre un mundo humano en destrucción. Indaguemos por ejemplo en la deforestación que ha acercado como nunca a los animales salvajes portadores de patógenos a zonas pobladas. En el modelo de ganadería industrial, expandida desde occidente y nuestros propios supermercados. Repasemos los planes de ajuste estructural que han guiado los recortes sanitarios también en nuestro país. Recordemos, relacionado con lo anterior, el modelo primario exportador de tantos países por todo el globo, dentro de un injusto comercio internacional, de un lacerante reparto de deudas, como también sabemos directamente desde 2008. Enjuiciemos por tanto las políticas enmarcadas en el consenso neoliberal también en esta pandemia. Repasemos, por ejemplo, si en Guinea fue la deforestación provocada por aumentar la producción comercial de aceite de palma lo que provocó un brote de ébola con 11.000 muertos hace apenas cuatro años. Y actuemos, desterremos estas dañinas políticas para siempre. Busquemos cómo está organizado el sistema de vacunas internacional, capaces de recoger cepas para la investigación en países que ni olerán los resultados de las grandes farmacéuticas. Y cambiémoslo. Preguntémonos por los más de 400.000 fallecidos en 2018 por paludismo, un 67% de los cuales eran niños menores de 5 años. Vayamos más allá de la empatía.

Estamos doblando la esquina de una época, procuremos que el mundo que nos aguarda sea mejor que el que de esta manera tan triste estamos dejando atrás. 

“Creo que mi padre era algo así como un gran hombre”, le dice Marcus en el tren a su amigo del alma, Tobey. “No me refiero a que tuviera mucho éxito ni a que fuera importante ni nada parecido. Ni siquiera tenía un oficio o una profesión. Trabajaba para sobrevivir (…) Si lo hubieras visto por la calle pensarías que era un don nadie, pero era mi padre, y yo sé que no lo era”. Los cuidaba, los quería, ahorraba durante años para un arpa, enseñaba las cosas importantes de la vida contando cuentos, anécdotas, acompañando a menudo seguramente sin necesidad de decir. 

Hoy los grandes hombres y mujeres de nuestra época nos rodean en los hospitales, en las tiendas, en el transporte, en nuestras familias y amistades. Sepamos reconocerlos, convirtámonos en seres dignos de ser descritos así en el futuro. No por haber tenido éxito o haber sido importantes a nivel local, nacional o global, sino por haber sabido estar ahí, comprendiendo, aprendiendo y ayudando a ras de vida.