Por qué importa celebrar la caída de Trump

Tenemos un reto mayúsculo como especie y se nos acaba el tiempo. Se han tocado muchas teclas, pero de momento ninguna logra activar la reacción global que necesitamos para atenuar lo que se nos viene encima. Hay que sacudirse la tristeza, la ansiedad y el pesimismo de los últimos tiempos, que tanto paralizan, y nada mejor que comenzar celebrando la victoria electoral de los demócratas en Estados Unidos, encabezados por Joe Biden y Kamala Harris. O si lo preferís, la gran derrota de Donald Trump. Y no solo porque la mayoría lo necesitamos tras un año duro. También porque asoma un nuevo ethos, al que no le serán ajenas las emociones que lo aúpen. Es preciso saber aprovecharlo. 

Salimos del hoyo de 2020, el año de la pandemia. Siempre recordaremos que mientras morían miles de personas por una gestión desastrosa de la crisis sanitaria, Trump cargaba contra los científicos y obviaba sus recomendaciones. Hace apenas unos días se hacía efectivo formalmente el abandono del Acuerdo de París que había ordenado, justamente cuando más arrecia el calentamiento global. Como comandante en jefe, Trump tiene bajo su mando el control del arsenal nuclear de la primera potencia militar del planeta, algo que le ha gustado recordarnos en crisis como las de Corea del Norte que peligrosamente también resolvía a golpe de tuit en mayúsculas. Con un grave trastorno narcisista, algo que todos estamos comprobando sin duda estos días en tiempo real, con su reacción a la hora de perder las elecciones ha demostrado que le da igual que se caiga el mundo con tal de mantener su enfermizo orgullo intacto. 

El conflicto racial y de clase en Estados Unidos es de larga data, todos lo sabemos, pero nadie duda de que Trump estaba empujándolo a una tensión donde la salida fascista ya no era una quimera, sino algo cercano, muy posible. Millonario al que en plena campaña se le descubría que apenas pagaba impuestos, sabía defender con uñas y dientes a su clase bajo una fachada antisistema. Incapaz de disimular su racismo, ha coqueteado más de una vez con grupos armados de supremacistas; machista visceral y un tirano con sus más cercanos colaboradores, se había convertido en el exportador de la nueva extrema derecha populista, especializada en reírse de su propia falta de escrúpulos, basculando entre el relativismo moral y la mentira permanente. 

Su permanencia cuatro años más en la Casa Blanca era un agujero negro para el mundo. De ahí el interés con el que hemos seguido el recuento electoral. La victoria de Trump hubiera supuesto perder, sin duda, el match-ball que la humanidad en su conjunto nos estamos jugando en esta década crucial. 

Rebecca Solnit recomendaba con razón en ese pequeño libro tan importante que escribió hace unos años, Esperanza en la oscuridad, la importancia de recordar los pequeños avances que tan a menudo despreciamos desde la izquierda, empeñados en ser siempre tan críticos de una manera que nos situamos al borde de la pantomima. Celebrar lo conseguido supone un impulso fundamental para futuras luchas, la constatación de que es posible ganar, y de que estamos orgullosos de no conseguirlo a cualquier precio. En esta elección se ha hablado a menudo de decencia, de carácter, de ética. Y por supuesto que hemos de saber destacar cómo los protagonistas de estos avances van más allá de las élites representativas, reconociendo la labor anónima de las personas que desde los diversos movimientos de base han empujado para que haya sido posible echar a Trump. 

Los programas y las políticas en perspectiva importan tanto como las emociones y fantasías que los mueven, los valores y las ideas, las actitudes y las convicciones que los mantienen, que se expanden y se convierten poco a poco en dominantes. El gran trasatlántico político mundial está girando, no tenemos como capitanes a quienes nos gustaría en la izquierda. Ojalá Bernie Sanders y Alexandria Ocasio Cortez al frente, claro. Pero no desaprovechemos la ocasión, no persistamos en la impotencia, la queja y la amargura. La crítica inteligente puede persistir sin ellas. Alegrémonos por lo que está pasando, reconozcamos lo que es un logro antifascista con todas sus letras, sepamos apreciar las posibilidades que se abren e impulsemos desde ahí lo que haya de venir. 

El propio Sanders ha estado interpretando muy bien a Joe Biden durante estas primeras horas. El nuevo presidente electo, el segundo católico en el puesto tras JFK,  ha pasado rápidamente ha autodenominarse the president for all the americans, escudándose en la Biblia para urgir a restañar las heridas de la división. Es algo comprensible ante las acusaciones fraude en medio de la fortísima polarización vivida durante el mandato de Trump, pero que también nos recuerda a la tibieza de Barack Obama y su candidez negociadora con los republicanos, cuando no su entreguismo económico en sus primeros nombramientos. A la vez, y como se ha comprobado en su primer discurso como presidente electo, además de anunciar que se apoyará en los científicos para su plan frente a la pandemia, Biden ha mencionado de manera destacada asuntos como la sanidad, el cambio climático o la lucha contra el racismo -estos dos últimos muy aplaudidos en su intervención- para su próxima agenda presidencial. Bien sabe qué es lo que importa a quienes han empujado con más fuerza para ponerlo donde está. Aunque sea por el interés en su reelección dentro de cuatro años, en un país con unas identificaciones políticas de grupo tan sólidas como para que alrededor de 70 millones de personas hayan votado republicano a pesar de Trump, le interesa no perder unos apoyos fundamentales. 

Pues bien, Sanders ha venido diciendo desde el momento en que se supo el resultado electoral que claro que sí, que Biden será un presidente que gobernará para todos, no para unos pocos. La retórica clásica y humanista es de gran utilidad para comprender estas estrategias discursivas, este dar por supuesto desde ya con nuestra alegría que esta presidencia en Estados Unidos no puede suponer la vuelta al brunch, como ha dicho también Ocasio. La tibieza, los balbuceos y la connivencia con la oligarquía de la élite demócrata que se ha enfrentado a la corriente socialista en los últimos años, de la que Biden y Harris son dignos representantes -sin desmerecer la enorme importancia simbólica que tiene que una mujer hija de inmigrantes sea vicepresidenta-, está entre las profundas razones que han hecho a la democracia estadounidense asomarse al abismo, con el riesgo de contagio directo hacia nuestras sociedades. 

Pero insisto, en el año del batacazo de Salvini en Italia y de la nueva Constitución en Chile, en los días en que un nuevo gobierno del MAS regresa a Bolivia, con la caída de Trump al fin se vislumbran perspectivas y sensaciones que antes no teníamos. Como ha sabido ver Martha Nussbaum, cuando la aflicción es honda esta desgarra el tejido de esperanzas, planes y expectativas que tenemos sobre la vida. La depresión nos postra en cama, la ira permanente tan solo deja un erial a nuestro alrededor y en nuestro interior. Es algo que vale también, especialmente, para la política. Necesitamos creer que podemos empezar a darle la vuelta al riesgo existencial inmediato que afrontamos como especie. La caída de Trump es el hito perfecto para que marquemos un punto de inflexión en nuestro particular calendario global. Se acabaron las excusas. 

(Fotografía: celebración de la caída de Trump en la Black Lives Matter Plaza de Washington, el 7 de noviembre de 2020. Jacquelyn Martin/AP. https://www.bostonglobe.com/2020/11/02/metro/live-updates-election-day-approaches-final-full-day-campaigning-trump-biden-take-differing-stances/)

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