Nihilismo

“Cuando se echa de menos el sentido, cuando falta la respuesta al ¿para qué?, el nihilismo está ya a las puertas”. 

Franco Volpi. 

Es difícil aceptar que no llevas los mandos. Que no decides todo. Es complicado acoger la contingencia y la fortuna, las dependencias y los poderes de otros sobre el rumbo de tu vida. Aprender a manejar la frustración que conlleva no ser pequeños dioses, carecer de omnipotencia, es una tarea complicada donde las haya y que no acaba nunca. Comienza con los primeros llantos por un alimento que aún no podemos obtener por nosotros mismos, prosigue a lo largo de toda una vida en comunidad, entre la pluralidad irreductible y el respeto hacia la libertad e independencia de quienes nos rodean, hacia sus diferentes formas de ser y de pensar. Esto incluye amigos y enemigos, amores y familia, conocidos y desconocidos, así como el permanente carácter inestable del teatro de la vida. 

No siempre logramos lo que deseamos. 

Y si ya resulta difícil lidiar con una verdad tan sencilla, pero que no suele nombrarse, para la que además apenas nos educan, todo ello en una sociedad capitalista y patriarcal de enormes tensiones cotidianas, imaginemos si de repente irrumpe una pandemia que de una patada lanza por los aires casi todas nuestras certezas. Entonces todo empeora. Nos engancha un miedo terrible a una muerte violenta y solitaria, a una agonía no menos infernal, tememos por quienes queremos mientras comienzan a evaporarse empleos, ingresos y expectativas. Todo ello sin poder salir de casa durante más de dos meses, mutilando de cuajo nuestro ser social. 

El cóctel es ciertamente explosivo. 

Y ahora que empezamos a salir, siento desanimar, no acaban los problemas. Aparecerá la inquietud por el rebrote, la posibilidad de un segundo confinamiento, que no haya vacuna o que tarde demasiado. Sobre la crisis económica todas las palabras que la describen en los diarios son hiperbólicas, lo que no augura nada bueno. Socialmente la cosa está tan tensa que empezamos a sentir cierta inquietud a la hora de las protestas, la violencia comienza a aparecer. Por no hablar de que el futuro ya no es como lo soñábamos, pues estudios científicos recientes afirman que en fecha tan cercana como 2050 las cosas pueden haberse puesto realmente feas para la humanidad por el calentamiento global. Los horizontes se achican así a pasos agigantados, de un modo jamás pensado por nuestra especie. 

Sobre el papel parece fácil señalar que de esta solo salimos dándonos fuerza unos a otros,  como cuando aplaudíamos, cuidando a los más vulnerables ante lo que viene, volcándonos en proteger, reforzar y hacer un monumento concreto de recursos a la sanidad pública, pensando entre todos y exigiendo un modelo de país más justo, industrializado, radicalmente verde, unas ciudades peatonalizadas que cedan grandes espacios a la bicicleta y al aire limpio, comprendiendo el debate político como un modo de criticar constructivamente los errores del Gobierno, de formular medidas destinadas al bien común, de movilizarse en torno al contenido profundo de una propuesta. 

Para ello, sin embargo, hemos de presuponer cierta confianza social y política, tanto en nuestros vecinos como en quienes gobiernan y ejercen la representación. También en nosotros mismos. Y esto es lo que está fallando. 

Cuando ante una muerte, una enfermedad o un despido buscamos al culpable, que siempre lo hay, y en lugar de trazar con ecuanimidad un buen juicio al respecto optamos por acatar la simpleza del dedo acusador que viene a removernos las vísceras, entonces comienzan los problemas. El fiscal suplanta al juez, lo que suele anticipar fusilamientos al amanecer. En lugar de atender a la virulencia de la pandemia, la precariedad de los hospitales tras años de recortes, la fragilidad de nuestro tejido productivo, también los fallos a corregir de las autoridades o la sacralización de los beneficios en un modelo laboral injusto y desigual, nos lanzamos de cabeza al trazo grueso. 

La construcción mental del enemigo está muy estudiada. Kubrick lo sabía cuando filmó a los reclutas antes de ir a Vietnam, en La chaqueta metálica, cantando repetidamente mientras entrenaban: “Ho Chi Min es un hijo de puta”. El ejército norteamericano sabe que no podemos pensar en la complejidad humana antes de un ataque. También lo saben los políticos con menos escrúpulos, o con mayores dificultades para empatizar. Sobran los matices, las posibilidades de diálogo o de cambio, de que todo responda a prejuicios que se puedan derrumbar compartiendo un café. Se precisan espantajos, vehículos conductores del odio. 

Estas cuestiones generales se conocen a derecha e izquierda. A veces los aprendices de brujo las han conjurado, siquiera un poco, diciéndose que tan solo precisaban una pequeña chispa populista para llevar a cabo un proyecto político en positivo que lo trascendiera. En otras ni siquiera hay proyecto detrás, tan solo ambición de poder, huida hacia adelante, ira y autoritarismo como forma de control extrema de los otros y la realidad. Aquí es donde aparece el nihilismo. 

Pues, ¿qué proyecto se ofrece ante la incesante destrucción de la biodiversidad, algo que ocasionará el regreso de pandemias más mortíferas y, en treinta años, si no antes, lo que se describe como un apocalipsis climático? 

Mirar para otro lado. Esta es la opción más exitosa hoy, combinada para algunos con la negación trumpista de las previsiones climáticas como un invento de la izquierda. También se recurre a contar los años que nos quedan por vivir y, desde ahí, cuánto del horror por venir sufriremos. Una vez que secretamente asumimos esta perspectiva, revolcándonos ya en nuestra propia decadencia, podemos desplegar un programa individual y competitivo de máximo disfrute ante lo que queda. Si estoy en lo cierto, es decir, si estas maneras de prepararse ante lo que viene se están extendiendo más de lo que pensamos, entonces aquí encaja como un guante el señalamiento del primer monigote que nos pongan delante para expiar las culpas. Ahora sí, en medio de este fortísimo desequilibrio que nos desliga del mundo y de nuestros seres más queridos, de los conciudadanos de nuestra comunidad, podemos lanzarnos a destruir con una gran justificación cubriéndonos las espaldas. Todo para comprobar de nuevo, a menudo sin decírnoslo siquiera a nosotros mismos, si así calmamos el desasosiego que extrañamente, no sabemos por qué, no se acaba de marchar. 

Se han cumplido 25 años del estreno de Historias del Kronen, una película que hoy se recuerda como un ajustado reflejo de la desvalorización de las grandes causas y respetos, de los ideales aniquilados bajo la cultura del neoliberalismo que prendía en cierta juventud de entonces, hoy en la madurez. Unamos a este vaciamiento previo el susurro mefistofélico del sálvese quien pueda que acabamos de mencionar, el fracaso de la alternativa del encuentro, la deliberación plural y la propuesta imaginativa que supuso el desafortunado aterrizaje partidista del 15M, la arrogancia histórica de quienes no soportan que les digan lo que tienen que hacer, o el regreso del nacionalismo y el fascismo con sus tropas y trapos a punto. El resultado que tendremos de la suma de todo esto es cero, la nada. 

Porque, ¿qué sentido tiene decir una cosa y su contraria con el único objetivo de dañar al Gobierno? ¿Por qué antes se afirmaba que este erraba al no cerrar todo rápidamente y ahora se exclama que machacan nuestras libertades por no dejarnos hacer lo que queremos, todo cuando aún mueren decenas de personas cada día? ¿Cómo se pretenden evitar los rebrotes en las concentraciones que se están produciendo? ¿Para qué exactamente se quiere derribar al Gobierno? ¿Por qué al manifestarte te acuerdas de las celebraciones tras la Copa del Mundo cuando han muerto cerca de 30.000 personas en el país? ¿Qué planes concretos frente a la crisis económica se proponen en las caceroladas? ¿Hay sobre la mesa algún modelo alternativo que nos haga recuperar un mínimo horizonte de futuro? 

Nada, nihil. El llanto del bebé conectado directamente con el puñetazo del frustrado. El ruido ensordecedor de una cacerola, golpeada con los labios apretados. Un insulto extemporáneo que se pierde en un balcón si ven que no comulgas. Poco más. 

Defendamos el derecho a la protesta, reconozcamos que hay motivos para el descontento por la actuación no siempre acertada de las autoridades, pero no dudemos de su buena fe, tal y como también hay que atender, desde el realismo, a la pluralidad de quienes protestan más allá del cliché despectivo del Cayetano o el fascista. Preguntémonos por qué cala y qué lleva detrás la estrategia de las elites de la extrema derecha. Solo conociéndolo bien impediremos que algo tan humano, pero tan poco educado y reaccionario como el odio, se abra paso ante el desmoronamiento del mundo preCovid. La destrucción es un modo de dar rienda suelta a la rabia, ofrece una válvula de escape a los atrapados en una vida interna incómoda, áspera, que no permite la conversación con uno mismo. “Que perezca el mundo si al menos logro cierta calma”, podría ser el dictum. Y a continuación el anhelo de control total, la homogeneización de las acciones, expresiones y, si es posible, de los pensamientos. Ahí es donde asoma ya el proyecto fascista, sobre esa nada. 

Pero no es ese el camino. Como en La historia interminable, en los confines del mundo donde avanza la nada no hay más que catástrofe y tristeza. En el viaje alucinado que proponen los profetas del odio, solo aguarda la multiplicación exponencial del desasosiego. No hay más que echar un vistazo a la historia. Regresa una vez más, vacío, el cubo agujereado del Gorgias.  

Por eso hemos de coger fuerzas para algo que no es fácil, reconozcámoslo, pues se trata de aceptar nuestra limitada condición humana. Y con ella la maravillosa imprevisibilidad del mundo y de quienes nos rodean. Su libertad. Hemos de saber hacernos mejores y más fuertes juntos, luchando frente a la adversidad, en este cruce de caminos crucial de nuestro siglo. La colaboración con los radicalmente otros que nos rodean, sabiendo de los conflictos a menudo irresolubles que enfrentaremos, habrá de hacerse desde el compromiso democrático. Una vez más hemos de reconstruir el país y solo con la confianza de que podremos lograrlo tendremos alguna posibilidad de éxito.

Esta tarea puede sacar el mejor rostro de nuestras emociones, incentivará nuestra fantasía y coraje para ir dejando atrás, poco a poco, desde la deliberación pública y el mantenimiento de los derechos y conquistas sociales obtenidos, unos marcos políticos y económicos que nos han traído precisamente ante esta fatal tesitura. Nos los han defendido, y siguen haciéndolo hoy, henchidos siempre de responsabilidad, pero en realidad son incendiarios. Probemos si no a dar un paso atrás y evaluémoslos desde la perspectiva del 2100. Por eso necesitamos urgentemente otros marcos muy diferentes, ecológicos y cruzados por la democracia radical, donde la justicia social vaya más allá de los textos legales, donde cualquier ajuste estructural viaje directo al basurero de la historia, sin miramientos. 

Nada que alimente la nada puede ser una opción. 

De transitar por esa otra alternativa transformadora, vendrá el sosiego y la calma ante el infortunio, cierta reconciliación con los otros y con el mundo. Con nosotros mismos. Entonces quizá, pero solo quizá pues la empresa no es fácil, tengamos una oportunidad como país y como especie.  

Dibujo de Ada Alonso, a partir de: https://www.pinterest.es/pin/290763719675768467/

Infancia: raíces teóricas de una exclusión

En esta época turbulenta en la que se vuelve a denostar a las Humanidades y la Filosofía, pues se teme con razón la libertad e independencia que suelen impulsar, comencemos con un ejemplo que aprendí hace tiempo sobre lo que estas pueden ofrecer en crisis generales como la provocada por la pandemia. 

La palabra “infancia” proviene del latín infantia, que a su vez estaría formada por el privativo in-, que denota negación o privación, seguido de fans, el participio presente del verbo forfarifatus sum, que significa decir. Concluimos así que, etimológicamente, los infantes serían “aquellos que no pueden decir”. Volveremos más adelante a la diferencia, que en la retórica clásica se consideraba fundamental, entre el decir y el hablar. La naturaleza plenamente política del asunto se adivina si giramos nuestra atención hacia otra palabra de este mismo campo semántico, infantería. A partir de ello, más aún cuando tan acostumbrados estamos a que nos confundan la política con la guerra, imagino que cada cual habrá empezado ya a sacar sus propias conclusiones. 

Aristóteles consideraba a los infantes como ciudadanos “incompletos”. Estaba a favor de una educación basada en los castigos, una clave maestra para comprender su Política. En esta obra, el de Estagira, cuyos postulados marcarían el pensamiento occidental durante siglos, defendía que los infantes debían ser gobernados “monárquicamente”, no como ciudadanos libres. Sus compañeros de viaje en la exclusión estaban claros: los esclavos, que a su entender carecían de facultad deliberativa, y las mujeres, que aun poseyéndola carecían de autoridad. Para “los menores” reservaba la idea de que solo alcanzaban una deliberación “imperfecta”. En el proyecto de Aristóteles unos “inspectores de niños” vigilarían su “empleo de tiempo” y procurarían que estuvieran “lo menos posible con esclavos”. 

En medio de las tensiones de clase que siempre estuvieron presentes a pesar de la participación política conquistada por los más pobres, el resto de las grandes exclusiones de la ciudad estaban muy claras en la Atenas del siglo IV antes de nuestra, manteniéndose esencialmente durante la cristiandad y el auge de la Modernidad. No se le escapará a quien lea estas líneas un hilo de continuidad, más cotidiano, con la situación de los migrantes como auténticos ciudadanos de segunda en nuestras sociedades, capaces de ser privados de libertad en los Centros de Internamiento para Extranjeros e incluso de ser deportados contra su voluntad. Somos asimismo muy conscientes, cada vez más, de las desigualdades de género, de naturaleza estructural y sostenidas mediante violencias de todo tipo, que mantienen nuestra política y sociedad. Con esta pandemia, a partir del debate generado por el confinamiento estricto al que se les ha sometido, se ha empezado a revelar aquella tercera gran exclusión clásica de la política aristotélica, tan normalizada hoy, la de los niños y las niñas. 

Un autor monumental como Aristóteles en cualquier caso es difícil de reducir a un solo aspecto. La propia Política contiene enseñanzas fundamentales, plenamente recuperables hoy, sobre el uso de la palabra o la comprensión de la oligarquía, por tocar dos de los temas que más me han influido de esa obra. En cualquier caso, hubo otros autores que desafiaron frontalmente la visión aristotélica sobre la infancia, intuyendo que no era algo ni mucho menos secundario. Detrás llevaban toda una teoría política alternativa, más inclusiva, pacífica y a mi modo de ver más realista que la aristotélica sobre las complejidades del ser humano. Sobra decir que fueron claramente derrotados, pero baste el ejemplo de estas líneas -cuyas ideas principales recogí en una obra de 2010-, para demostrar que al menos no fueron olvidados. 

Marco Fabio Quintiliano está considerado junto a Cicerón como el pensador romano de mayor relevancia para muchas de nuestras tribulaciones actuales, solo que resulta más celebrado fuera que dentro de nuestras fronteras. Nacido a comienzos del siglo primero de nuestra era en Calahorra, actualmente en La Rioja, más allá de sus aspectos educativos su obra apenas se ha difundido en nuestro país. Su potente concepción de la retórica y de la política es sustancialmente diferente a la aristotélica. 

Quintiliano rechaza así cualquier castigo o invasión en la educación de los niños. La inteligencia viva que estos demuestran ha de ser cultivada con cuidado, desde el juego y la música. Esto lo manifiesta en paralelo a la defensa del fin de los castigos contra los delincuentes. Si el interés del Estado está en que lleven una vida honrada en el futuro, mucho mejor será liberarlos, escribe. 

De manera coherente con lo anterior, Quintiliano rechaza de plano la expresión de ciudadanos “incompletos” de Aristóteles. Para el de Calahorra somos diversos en nuestras edades, así como lo son también los infantes en un aula. Hay que atender, reconocer y aceptar esa diversidad. Y enfrentarse a la tarea educativa desde “el afecto”. Solo así “no desapareceremos entre la turba”, concluye. 

En su magna obra completa, dividida en 12 libros y donde nos cuenta cómo ha sido escrita desde el dolor de perder a su esposa y dos de sus hijos, Quintiliano valora especialmente la memoria de los niños, “el aliento del alma”, dice, casi tanto como “su pensar noble”. Habrá infantes que no hablen todavía, otros que no puedan llevar a cabo una deliberación racional tan excelsa como la de un profesor universitario de una ciudad europea, por retomar un argumento de Iris Marion Young, pero a pesar de ello, si sabemos escuchar, que no meramente oír, sabremos que tienen otras formas de decir. Y que estas no estarán exentas de profundidad. 

El gran continuador de la obra de Quintiliano, su auténtico epílogo humanista, es el napolitano Giambattista Vico, quien escribiera a comienzos del siglo XVIII gran parte de su obra aún bajo dominio español. En algunos de sus escritos nos dejó la estampa de cómo cada día hacía su labor de estudio y escritura rodeado del alegre bullicio de sus hijos. Es, ya de primeras, una actitud que contrasta con ese otro gran patriarca de la filosofía occidental, Sócrates, que según relata Platón, poco antes de tomar la cicuta, habría solicitado a su mujer Jantipa que se marchara junto a su hijo, seguramente lloroso y asustado, de la estancia donde estaba junto a sus amigos y discípulos. Los adultos en la sala, por retomar una expresión tristemente popular en nuestros días, tenían cosas trascendentales y seguramente muy serias de las que hablar. 

Pues bien, Vico escribe desde otro lugar. Por eso sabe enlazar la poderosa fantasía de los infantes con la imaginación política de los primeros pueblos y sus fundadores, los poetas. De nuevo aparece en este autor la inclusión de los afectos junto a una idea de la razón no metódica, que no pierde el contacto con el suelo en una querencia por lo abstracto que califica de “barbarie de la reflexión”. El napolitano conecta la fantasía con la memoria, de la misma manera que Mnemosyne es la madre de las Musas. Pero no se quedará ahí, pues se atreve a conceptualizar aquellas zonas mudas del ser que, sin embargo, resultan significativas. Lo mudo en Vico es aquello que, tanto en el foro interno como en el externo, no habla, pero que sí sabe decir. 

Se trata de una aproximación musical a la política. Al igual que los silencios se señalan en una partitura, desde una lectura de la política que no excluya a la infancia también podremos ser capaces de leer los silencios de una ciudad. Las clases y barrios silenciados, los colectivos golpeados, esposados, maltratados, tomados por menores, imperfectos o sin autoridad. También, retornando al campo semántico de donde procede lo infantil, está lo inefable, aquello que no se puede expresar con palabras.

La inclusión política del inconsciente, de los sueños, de los sentimientos, junto a la imaginación, la memoria y una razón que no pierda el alma, para volverse desalmada, está en la base del proyecto de esta retórica clásica y humanista que fue duramente derrotada por lo que Stephen Toulmin ha calificado con acierto como la segunda ola moderna, aquella que arrasó con todo esto en el siglo XVII. Por eso hoy, cuando queremos descalificar algo como palabrería o manipulación, indicamos que se trata de “mera retórica”. 

Pero más allá de las consecuencias evidentes de una victoria teórica prácticamente total sobre una materia que fue central durante siglos, si no milenios, en el currículo europeo, si repasamos a los grandes autores contemporáneos de las corrientes dominantes en teoría política desde finales del siglo XX, muy pocos, a excepción de casos como la mencionada Young Bruehl desde el feminismo y la sensibilidad retórica, o aquellos que escriben en la estela de Freud, toman en cuenta a la infancia. Hay un silencio, una exclusión implícita, en casi todos ellos. Las teorías deliberativas o republicanas dominantes, sin ir más lejos, ni los contemplan. 

Es así como volvemos, con todo esto en mente y recordando la etimología revelada al comienzo, a nuestra coyuntura más inmediata. 

Los niños y niñas de nuestro país llevan semanas, más de un mes ya, confinados estrictamente en sus domicilios. Muchos de ellos lo hacen en pisos interiores, sin terrazas ni jardines, en medio de una angustia creciente ante las incertidumbres vitales y económicas que va dejando la irrupción del virus en nuestras vidas. Seguramente, como escribía Miguel Roig estos días, su mayor anhelo reside en reencontrarse con sus pares. Hay algo muy poderoso sobre lo que aprender de la confianza y amistad con la que dos niños comienzan a jugar en un parque. Sus trifulcas, en cambio, son sorprendentemente parecidas a las nuestras.

El caso es que ante la aparición del SARS-Cov-2 nadie les ha preguntado, no han podido opinar, ni siquiera han podido votar a los adultos que han tomado las decisiones colectivas que, de repente, han puesto la política en primera línea de sus vidas, determinando qué pueden y qué no pueden hacer. Muchos de ellos ni siquiera saben aún lo que es el Estado, qué es un Gobierno y quiénes son los gobernantes que, como señalaba Isaac Rosa hace unos días, se dirigen a ellos por la tele calificándoles de “vectores de transmisión” para justificar su completo encierro. 

En realidad, nuestro ministro de Sanidad, Salvador Illa, en medio de la enorme presión que debe estar soportando, se ha revelado en esta crisis, seguramente a su pesar, como un digno representante de toda esta corriente latente de fondo que domina nuestra política desde hace siglos. El que etiquete y estigmatice a los niños y niñas calificándolos de “vectores de transmisión”, como se hace con los mosquitos de la malaria, no es más que otro formidable ejemplo de hasta dónde puede llegar la incuestionable exclusión política de la infancia. 

Cuando a este mismo ministro se le ha preguntado por el momento en que se suavizaría el confinamiento de los infantes un día dijo que “no tocaba”. Sabemos que en nuestro mundo los adultos están decidiendo continuamente sobre lo que les afecta a los más pequeños, desde las zonas verdes que pueden disfrutar en una ciudad, el aire contaminado que respirarán, las camas de hospital que tendrán disponibles, los recursos educativos, las asignaturas que darán o si tendrán o no tendrán un cuarto digno y con luz. 

Ese “no toca”, que a quienes creemos en una representación democrática nos indigna, para nuestros niños y niñas es en realidad algo eterno. Nunca les toca saber ni ser consultados. Y aunque no sepan definir un Gobierno, son tan protagonistas de la política, y se ven tan afectados por ella, como cualquier adulto. Es más, como han demostrado los y las jóvenes de Fridays for Future junto a otros movimientos ecologistas de todo el planeta, ellos van a ser los principales afectados del calentamiento global en curso y están demostrando un sentido común de especie mucho más afinado que el de sus serios gobernantes. 

Hay otras maneras de escuchar a los infantes que no pasan por una deliberación à la Habermas. Quizá podemos empezar por cambiar el lenguaje y el modo de llamarlos. Así, atendiendo a la retórica mediterránea de Quintiliano y Vico, reconoceremos que son mayores que nosotros en memoria y fantasía, seguramente también en pensar noble y profundo. Y aunque muchos no pueden hablar, sí que son muy capaces de decir. Lo que precisan es de una política y una sociedad que sepa escucharlos, que los incluya como ciudadanos completos. 

El riesgo, claro, como con las Humanidades y la Filosofía, reside en que son “incontrolables”, como también apostillaba el ministro. Decía Hannah Arendt, digna continuadora de Vico, que en cada nacimiento se encontraba la posibilidad de la revolución. Y no le faltaba razón. 

Ahora, en lo urgente, comparemos su prolongado y estricto confinamiento con las decisiones tomadas sobre otros colectivos. Así, los adultos podemos sacar a nuestros animales domésticos a pasear desde el principio del confinamiento. Y desde el pasado lunes 13 de abril, millones de trabajadores y trabajadoras han tenido que regresar a sus empleos. No parece haber por tanto mayor razón para que no se decrete que los y las niñas puedan salir a pasear acompañados de un adulto, con la debida distancia física que aún resulta prudente mantener. Atendamos también a la diversidad, a sus diferentes vulnerabilidades en un encierro. 

Cuando nos acercamos a los niños y/o niñas con quienes convivimos y jugamos un rato con ellos, les leemos o sencillamente los acompañamos, enseguida podemos comprobar que aflora lo significativo en una impaciencia, una rabieta o un llanto, también en un cariño, una mirada perdida o una sonrisa. Reconozco que no siempre es fácil descifrarlos, pero así también nos dicen. Finalmente, tanto si hay como si no hay hijos, nietas ni sobrinos en este confinamiento recomiendo optar, a la manera del Peter Pan de Spielberg, por reconocer, recordar o escuchar al niño que todavía en buena parte somos. 

Todo esto nos habría de ayudar, espero, poco a poco y a partir de estas primeras medidas, a revertir una exclusión milenaria. Para ello, como dejé escrito por aquí hace unos días, ayudaría seguir la máxima de que, en cada paso, el día después. Pongamos por tanto en marcha acciones políticas concretas que construyan una democracia más inclusiva, abrámonos a las dosis de fantasía y revolución que frente a la política establecida traen, ya solo en su mirada, los más pequeños. 

Dibujo de Ada Alonso, 12 años, interpretación libre a partir de Elena Khatman: https://www.instagram.com/elkhatman/

La comedia humana, de William Saroyan

Este es un libro que me recomendó un amigo hace mucho y que, hasta ahora, tiempos frágiles de cuarentena, no había leído. Su padre ha sido uno de los escritores cuya prosa, austera y sin artificios, sabia como pocas, más he disfrutado nunca, Juan Farias. Primera lección por tanto del libro, hay que hacer caso a los amigos. Más aún si saben de literatura. Y aunque está situado en los primeros años cuarenta norteamericanos, en estas circunstancias nuestras, bajo la pandemia, su lectura ha tomado para mí todo el sentido. Veamos por qué. 

Fiémonos siempre también de las primeras páginas de una obra. Esta arranca con un niño llamado Ulysses -pronto descubriremos a su hermano mayor, Homer- que, maravillado ante la naturaleza, siente una fascinación no menor por los trenes. Cuando pasa uno de carga, lento y ruidoso, junto al lugar donde estaba admirando una ardilla, el niño se lanza a saludar al maquinista y sus ocupantes, pero nadie le devuelve el saludo. Solo uno, negro y distinto a los demás, piensa Ulysses, le saluda y canta. Es este “un mundo extraño”, nos dice el narrador, “absurdo pero hermoso”. Ulysses lo recorrerá en diversas aventuras, lanzándose más allá de su casa, descubriendo en ellas, como los viejos héroes, el miedo, el riesgo o la amistad. Una vez ha desaparecido el tren, marcha tras el saludo de vuelta a casa, entrechocando sus pies en el aire, lo que hace siempre que está contento. Al llegar, cogerá el huevo de una de las gallinas del corral y se lo ofrecerá a su madre. Con ello, leemos a Saroyan, “quería decir lo que ningún hombre puede adivinar y ningún niño recuerda para contarlo”.

Estamos en plena Segunda Guerra Mundial en un pueblo de California, patria chica de Ulysses, Ithaca. El primogénito de la familia, Marcus, está en el frente. Con sus apenas 14 años, Homer trabaja en una oficina de telégrafos y ha de encargarse de llevar las malas noticias, las de la muerte, a las familias. Es una manera tremenda de hacerse mayor. La chaqueta le estaba grande y la gorra pequeña, describe el narrador para presentárnoslo. Montado en una bicicleta de segunda mano, en su imaginación Homer desarrolla un tema musical con el arpa de su madre, el piano de su hermana Bess, el acordeón desenfadado de Marcus y toda una orquesta de cuerda. Eran tiempos de telégrafos y música en casa, estaban doblando la esquina de la historia, en medio de una contienda donde Estados Unidos se iba a dejar 400.000 hombres. Hoy algunos cálculos rondan, moderados, los 100.000 fallecidos por la COVID-19 para ese país. 

La novela no solo la protagonizan los niños, también la gente mayor. William Grogan, telegrafista del turno de noche y jefe de cables, es memoria viva de ese mundo que se escapa. Quizá por tantas malas noticias acumuladas, por los constantes ataques que le dan y le empiezan a mostrar ya la puerta de salida, o sencillamente por la nostalgia de un mundo que se esfuma, el de las baladas antiguas de su viejo amigo Tom Davenport, bebe demasiado. Lo que espera de Homer, dice, es “una comprensión más profunda de lo que se espera de los hombres de más de doce años”, así que le pide que en cuanto le vea dormido, borracho, le eche agua fría en la cara y le traiga un café al instante. Él entonces seguirá trabajando. 

Recuerdo entonces a un viejo amigo mío, que ahora vive este confinamiento en París, y me viene de él una gran lección que él, a su vez, había aprendido de un viejo sabio, Amadou Hampâté Bâ: “En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde”. Esa frase colgaba de las paredes de su cuarto cuando le conocí. La generación que estos días sufre, más que ninguna, los embates del virus, acoge en su memoria las grandes experiencias del siglo XX y también las más pequeñas historias cotidianas de cada familia. No está siendo este el modo en que merecían despedirse. No tenemos respuesta, como el viejo Grogan ante cada funesto telegrama, al por qué de todo esto. 

Pero igual que la pandemia no es una guerra y el virus no es un enemigo al que abatir con uniformes, autoritarismo y pasos marciales, Saroyan tampoco acaba de aceptar del todo el tablero de la guerra justa en esta novela publicada en 1943. Leo en retazos de su biografía que el gobierno norteamericano le encargó redactar una obra que ensalzara las buenas relaciones con los británicos en medio de la contienda, pero él, pacifista confeso, entregó un texto que por poco le cuesta un Consejo de Guerra. Es así un autor propio de Sibbólet, alguien que no sabe, o no quiere, pronunciar las palabras de paso, aquellas que nos convierten en soldados. 

Marcus, camino del frente, escribe a Homer: 

“Estoy bien, y aunque nunca he creído en las guerras, y sé que son estúpidas, incluso cuando son necesarias, estoy orgulloso de estar en ella, ya que hay tanta gente que está, y estamos haciendo historia. No cuento a ningún ser humano entre mis enemigos, ya que ningún ser humano puede ser enemigo mío. Sea quien sea, es mi amigo. No tengo nada contra él, sino contra esa parte desafortunada de él que intento destruir primero en mí. 

No me siento un héroe. No se me dan bien esos sentimientos. No odio a nadie. Tampoco me siento un patriota, porque siempre he amado a mi país, a su gente, a sus ciudades, a mi hogar y a mi familia. Preferiría no estar en el ejército. Preferiría que no hubiera guerra (…) Tengo un miedo terrible, te lo tengo que decir, pero estoy convencido de que cuando llegue el momento haré lo que crea correcto. No obedeceré más órdenes que las de mi corazón”. 

Cada vez que Homer lleva un telegrama a una familia que, ajena a la desgracia, celebra un cumpleaños, pasa una tranquila velada veraniega o canta y toca música en casa, algo en su interior se quiebra para siempre. Así sucede desde el primero que entregara a Rosa Sandoval, mexicana, madre del soldado Juan Domingo, la noche que comenzaba su nuevo trabajo. Y escribe Saroyan, el armenio, sobre Homer, el chico de Ithaca: “se imaginó a la mujer en el pasado, una hermosa joven sentada en la cuna de su bebé (…) La vio mecer la cuna y la oyó cantar al niño. Mírala, se dijo a sí mismo”. 

Es imposible anticipar la muerte, prepararse para ella. Esa noche Homer volverá pedaleando entre lágrimas e imprecaciones, roto. Tampoco hay palabras que consuelen, si acaso el mero acompañar, como bien sabe hacer Spangler, director de la oficina de telégrafos, enamorado en medio del horror. “Tú me quieres, ¿verdad?”, le preguntaba a veces Diana Steed, y entonces Spangler era feliz. Sabía, gracias a aquellas palabras, cuánto se querían en medio de este absurdo y extraño mundo. 

Hay un capítulo crucial que nos dice mucho sobre cómo entiende Saroyan toda esta comedia humana, el del atracador. Un joven entra en la oficina, donde solo está Spangler, y lo hace armado con un revólver. Poco antes había recibido la ayuda del director, pero ahora parecía otro, estaba desesperado. Spangler le dice: 

“Te daría el dinero de todos modos, pero no porque me estés apuntando con un arma. Te lo daría porque lo necesitas. Ten. Es todo el dinero que hay. Cógelo y luego coge un tren a casa. Vuelve con los tuyos. Yo no informaré del robo. Pondré el dinero de mi bolsillo (…) Si necesitas usar un arma para conseguir dinero, entonces es tuyo. Sé cómo te sientes porque yo me he sentido igual. Los cementerios y las prisiones están llenos de buenos chicos norteamericanos que han tenido mala suerte y han vivido malas épocas. No son criminales. Ten. Coge este dinero y vete a casa”. 

Uno de los retos de este confinamiento es el de ponernos en los zapatos de otro/a. Pero eso no basta, podemos imaginar una situación, un dolor ajeno, pero hemos de acompañarlo de compasión, de un sentimiento que acompañe al intelecto. Imaginación, pasiones y razón, pura condición humana.

“¿A quien se puede odiar? (…) ¿Quién es el responsable?” musita en el abismo Homer al recibir un telegrama del Departamento de Guerra. Leerlo me conduce a escuchar la rabia ajena, sus razones, acompañar en silencio si es necesario, tratar de disolver tanta furia desordenada para convertirla en amistad, comprensión, tristeza y deseos de salir de esto lo mejor posible, aún en la diferencia. Sabiendo del conflicto social inevitable que también nos recorre. Conocer a Homer, adivinar por dónde irá, ayuda a reafirmar las convicciones sobre lo triste y estéril que siempre es el camino de cualquier odio. Desterrarlo por tanto, no evadir la responsabilidad, pero sin juicios sumarísimos, y volcarse con todo en que no vuelva a pasar.

Pensemos así más allá del gobierno que menos nos guste, de una manera crítica a la vez que reparadora, independiente, constructiva sobre un mundo humano en destrucción. Indaguemos por ejemplo en la deforestación que ha acercado como nunca a los animales salvajes portadores de patógenos a zonas pobladas. En el modelo de ganadería industrial, expandida desde occidente y nuestros propios supermercados. Repasemos los planes de ajuste estructural que han guiado los recortes sanitarios también en nuestro país. Recordemos, relacionado con lo anterior, el modelo primario exportador de tantos países por todo el globo, dentro de un injusto comercio internacional, de un lacerante reparto de deudas, como también sabemos directamente desde 2008. Enjuiciemos por tanto las políticas enmarcadas en el consenso neoliberal también en esta pandemia. Repasemos, por ejemplo, si en Guinea fue la deforestación provocada por aumentar la producción comercial de aceite de palma lo que provocó un brote de ébola con 11.000 muertos hace apenas cuatro años. Y actuemos, desterremos estas dañinas políticas para siempre. Busquemos cómo está organizado el sistema de vacunas internacional, capaces de recoger cepas para la investigación en países que ni olerán los resultados de las grandes farmacéuticas. Y cambiémoslo. Preguntémonos por los más de 400.000 fallecidos en 2018 por paludismo, un 67% de los cuales eran niños menores de 5 años. Vayamos más allá de la empatía.

Estamos doblando la esquina de una época, procuremos que el mundo que nos aguarda sea mejor que el que de esta manera tan triste estamos dejando atrás. 

“Creo que mi padre era algo así como un gran hombre”, le dice Marcus en el tren a su amigo del alma, Tobey. “No me refiero a que tuviera mucho éxito ni a que fuera importante ni nada parecido. Ni siquiera tenía un oficio o una profesión. Trabajaba para sobrevivir (…) Si lo hubieras visto por la calle pensarías que era un don nadie, pero era mi padre, y yo sé que no lo era”. Los cuidaba, los quería, ahorraba durante años para un arpa, enseñaba las cosas importantes de la vida contando cuentos, anécdotas, acompañando a menudo seguramente sin necesidad de decir. 

Hoy los grandes hombres y mujeres de nuestra época nos rodean en los hospitales, en las tiendas, en el transporte, en nuestras familias y amistades. Sepamos reconocerlos, convirtámonos en seres dignos de ser descritos así en el futuro. No por haber tenido éxito o haber sido importantes a nivel local, nacional o global, sino por haber sabido estar ahí, comprendiendo, aprendiendo y ayudando a ras de vida. 

En cada paso, el día después

Destacado

La realidad nunca se presenta como imaginábamos.

Hablábamos del colapso, de la subida de los mares y su desoxigenación, de las sequías. Enunciábamos la retahíla de desastres por venir. Iban a ser olas diversas las que arrasarían el mundo conocido, pero enormes y constantes, como las causadas por la subida de los mares mientras se derretían los polos. Sin embargo, a pesar de que las imágenes del deshielo las teníamos en nuestras pantallas, no dejaba de parecer, allá en el fondo, algo abstracto, lejano e irreal. De esta manera, como un murmullo que nos tranquilizaba, abríamos los oídos a quienes nos hablaban de catastrofismo. A pesar del calor extremo, los incendios y las riadas, de las inundaciones y la contaminación, nuestro mundo parecía girar como acostumbraba si no te tocaba, si no se palpaba, si no te anegaba. Faltaba la experiencia común cayendo a fuego. Todo quedaba emplazado al futuro, a los otros, como las micropartículas contaminantes de nuestro aire, viajando directas hacia nuestros alveolos sin abandonar el diésel, sin querer saber lo que van a causar mañana. 

Pero ya está aquí, la muerte no se aplaza, llega por miles en sufrimiento y soledad. La sensación, de tan irreal, es de pesadilla. La amenaza se cierne en todos lados, de manera brutal, global y paralizante.

Para tumbar casi todas nuestras certezas sobre la realidad cotidiana ha bastado un pequeño virus cuya letalidad ronda el 3%. Es el aperitivo de lo que vendrá si volvemos como si nada a la predadora actividad capitalista buscando revertir rápidamente la recesión, funcionar de la única manera que creemos saber o, sencillamente, porque no nos atrevemos a encarar la alternativa. El SARS-Cov-2 no es más que el entrante de lo que nos aguarda si nos aferramos al nacionalismo, al sálvese quién pueda que creen reservado para sí los más ricos, los más poderosos o los más blancos ignorando que, como estamos viendo en las necrológicas y hospitales, eso también será mentira. 

Cada vez más, entre la listas de desastres por venir con el calentamiento global en marcha, se mencionaban las pandemias. La destrucción de los hábitats naturales llevada a cabo por la expansión capitalista, la deforestación implacable de las últimas décadas, estaba acercando como nunca antes a los animales salvajes portadores de patógenos, también a vectores de transmisión como mosquitos y garrapatas, a las áreas habitadas por los humanos. La aparición de la enfermedad de Lyme hace poco más de 40 años en Estados Unidos, el virus de Nipah aparecido a fines de los noventa en el Sudeste Asiático, recurrentes y recientes brotes de Ébola en África Central y Occidental, un inusitado incremento de la malaria en zonas arrasadas de la Amazonía, Asia y África, por no hablar de las ya conocidas gripes porcina o aviar, daños colaterales del modelo de ganadería intensiva dominante, eran señales potentes para quien quisiera ver.  

La inaudita experiencia del confinamiento global por el coronavirus SARS-Cov-2 puede empezar a hacernos dudar. Es muy posible que pronto volvamos a obviar lo que toneladas de trabajos científicos han concluido ya acerca del cambio climático pero, a diferencia de una conferencia o de lo que podamos leer, la experiencia personal se nos está colando por todos los poros de nuestro ser para transformarnos. Más aún si seguimos así durante semanas. Olvidaremos, sí, pero también a muchos niveles recordaremos. Y una de las enseñanzas que se han inoculado ya de golpe y de manera prácticamente simultánea en toda la población mundial es que no podemos dar nada por sentado. No habíamos imaginado que nos pudiera suceder algo parecido, por eso no lo anticipamos y la mayor parte de los países, gobiernos y población en general, hemos actuado de una manera desastrosa. 

Es cierto que una vez que la realidad se presenta ante nosotros, estamos bastante limitados para asirla. El encuentro de la materia con la experiencia subjetiva es aún en muchos aspectos un misterio, como reconoce el neurocientífico David Eagleman. Captamos el espectro visible de la luz, pero se nos escapa mucho más. Vivimos en un mar de ondas que ni sospechamos. Tampoco estamos preparados para ver seres minúsculos como los coronavirus que nos rodean en cada pomo, estornudo o mano amiga. Menos aún para observar que el 8% de nuestro genoma humano está formado por restos virales que ahora constituyen la primera línea de defensa de nuestra inmunidad innata. Así andamos, desconcertados, aceptando de aquella manera en los últimos años nuestra condición simbionte, nuestros límites. E igual que nos cuesta asir la realidad física, incluso la propia, otro tanto nos pasa con la política. Esta es ya de por sí compleja, a pesar de haber sido creada por nosotros, pero además estamos en un momento de densa niebla, de cambio trascendental. 

Si miramos a la cúspide, nuestro rey está desnudo. Más allá, la sensación es que toda nuestra organización política y social se nos está quedando también en cueros a la primera embestida. Los errores cometidos cuando el virus llegó a nuestro país revelan que, a pesar de lo que nos dijeron, no había “ciencia” detrás de cada una de las primeras decisiones. Tras la caja negra gubernamental pronto se ha ido mostrando que en aquellos primeros días había conflicto, como casi siempre, y en este caso vencieron los que erraron. Había intereses partidistas y económicos, seguramente exceso de confianza, faltaba esa inteligencia organizativa que estos días filósofos como Daniel Innerarity reclaman, así como una clamorosa incapacidad para anticiparse. En el ámbito de la especulación, imagino que había expertos sobrepasados, solícitos o que no eran escuchados. 

Había también, tengo la convicción, un pensamiento instalado en el mundo del pasado siglo. Lo que no había, esto démoslo por seguro, insisto, era “ciencia” guiando la gestión de la crisis, como nos querían hacer creer. Ni siquiera existía un Comité Científico, pues este no se conformó hasta el pasado 21 de marzo. El Gobierno cayó por tanto de lleno, para legitimarse y protegerse, en el discurso de los expertos que deciden, no que son consultados, lo que hasta ahora solía ser un rasgo característico del elitismo. 

Los ciudadanos subestimamos también lo que venía, algunos más que otros, cierto, pero es un hecho que prácticamente nadie imaginaba este distópico presente. Sin embargo, eran los especialistas en pandemias, los responsables gubernamentales que llevaban semanas dedicados exclusivamente a esto, quienes debían conocer las serias advertencias de los últimos años formuladas por los organismos internacionales. En nuestro caso, tenían además no solo la experiencia china o de otros países asiáticos, sino la de la cercana Italia. Dedicados solo a esto como estaban, debían haberla estudiado a fondo, concienzudamente, tal y como el riesgo exigía. No lo hicieron, y en consecuencia ni cortaron en seco la propagación inicial, ni previeron escenarios B, ni prepararon material sanitario con antelación en coordinación con las Comunidades Autónomas. Nada. 

Una vez reconocido esto, que me parece básico para enfrentar cualquier debate político con cierta convicción ética, sin entrar en estériles disputas nacionalistas sobre si el virus vino de acá o de allá, es cuando ya pueden mencionarse todos los atenuantes. Así, es un hecho que nunca habíamos enfrentado algo parecido, a diferencia de varios países que han respondido mejor, como Corea del Sur o Singapur. Además, este Gobierno no ha sido ni mucho menos el único en equivocarse, ni el que peor ha actuado, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Era inimaginable, nos repetimos. Y es que este sigue siendo otro de nuestros problemas principales, la falta de imaginación ante lo que viene. 

Constatada también la inédita dureza de la situación, así como los agujeros estructurales que ha desvelado -resulta inaudita la desprotección de nuestros médicos y enfermeras, el abandono brutal de las residencias, el nivel tan bajo del debate político en circunstancias tan extremas-, el Gobierno está actuando con mano tendida, sin entrar a ningún trapo. Aun con errores importantes como la reciente compra fallida de los test, su gestión avanza de menos a más, concentrado al máximo en combatir la pandemia, que es precisamente lo que ahora se necesita. 

Con todo este panorama sobre la mesa, es por tanto tiempo de reflexionar sobre la refundación de casi todo. Lo que venga, decía, ya está en marcha, y va a depender de la dirección que consigamos imprimir en estos días cruciales. 

Aquí me gustaría retomar algo que sigue sin resolverse desde que se formuló en las plazas hace casi diez años, y que ahora toma nuevo rostro bajo otra crisis muy distinta. Hay un modelo político, en torno a la representación desvinculada y la forma clásica de partido, cuyo autoritarismo y jerarquía no sirven para afrontar tampoco estas crisis del colapso. ¿Ha estado la crítica interna silenciada en aras de la unidad y responsabilidad, impidiendo tomar las decisiones correctas en los momentos clave? Tiempo habrá de comprobarlo y estudiarlo, porque si ha sido así, no debe volver a pasar. 

Marco Rovelli nos recuerda en su maravilloso libro sobre Anaximandro de Mileto que la ciencia surgió a la par que la democracia, la necesitaba para nacer y crecer. La crítica del que fuera discípulo de Tales precisamente a su maestro, efectuada con respeto y cariño, pero con rigor y coraje, fue lo que echó a andar a la ciencia tal y como la conocemos. Por vez primera, el mundo se pensó suspendido en el espacio, alterando así las nociones tradicionales, intuitivas, del arriba y del abajo. Hubo de suceder en una ciudad abierta al mundo como Mileto, donde los ciudadanos comenzaban a hacer sus propias leyes mediante la discusión razonada, sin miedo ni censuras, ensalzando la crítica honesta y rigurosa mediante la palabra. 

Pues bien, hoy estamos asistiendo al derrumbe de una forma de vida mientras entramos de golpe en otra que desconocemos. Vamos a necesitar que ciencia y democracia se den la mano fuertemente. A nuestro alrededor los hospitales públicos se quedan sin camas, mascarillas ni respiradores, en Madrid se han montado hospitales de campaña en sitios como IFEMA, se ha permitido finalmente actuar a Médicos Sin Fronteras en diversos hospitales, así como se ha tenido que instalar una gran morgue en el Palacio de Hielo y otra en la Ciudad de la Justicia. Mientras, un triste concepto aparece por vez primera en nuestras vidas, el triaje, la elección entre quién debe vivir y quién morir. Las Bolsas del mundo han llegado a caer como en el 29, si acaso más, se estiman caídas de dos cifras en el PIB de la mayor parte de los países, que se dice pronto, millones de personas han sido despedidas en apenas unos días y los colegios de todo el planeta están cerrados a cal y canto sin saber cuándo abrirán. Incluso, tras esperar de nuevo demasiados días, en España se acaba de decretar el cese de toda actividad no esencial. Las calles se parecen a la de aquella Gran Vía de Amenábar en los noventa. Los pájaros, no del todo ajenos a lo que sucede, como nuestros perros, vuelven a los parques, mientras la hierba comienza a crecer por entre los adoquines de las grandes urbes. 

Los protagonistas de una ciudad, decía Leo Strauss, no son sus edificios, ni sus coches o aceras, somos los animales de polis. Somos la primera piedra, pues sin nosotros no hay ciudad. Pero no se nos ve, estamos agazapados en nuestros cubiles para sobrevivir, preocupados muchos también por cómo afectará este largo encierro a nuestros hijos, disparando nuestra paranoia sobre algo que no podemos ver, tratando de sobreponernos cada tarde a las ocho, aplaudiendo a nuestros héroes de la clase médica y obrera, pues ellos son quienes en última instancia están demostrando que sostienen la vida. Sentimos un agradecimiento infinito hacia las sanitarias, los reponedores, las gentes del transporte de bienes esenciales, el personal de limpieza, colectivos donde abundan las gentes nacidas en otros países. Admiramos la labor de quienes se han estado organizando para hacer las compras a quienes forman parte de los principales grupos de riesgo. Y nos aplaudimos también entre nosotros, a cada vecino y vecina que aparece en el balcón, en las ventanas, para darnos ánimos. Porque sabemos, nos podemos imaginar bien, lo que están pasando. 

Son estos momentos especiales de cada tarde los que me recuerdan aquella felicidad pública enunciada por Arendt, la que la embargaba en los días más aciagos de su oscuro siglo XX, cuando la luz de la gente honesta con la que luchaba frente a los nazis le daba su aliento, hombro con hombro, en la resistencia. Pero tampoco nos confundamos, a pesar de los intentos trasnochados de algunos de nuestros generales y gobernantes, no estamos en guerra. 

El Arte y las Humanidades captan lo que se juega en lo común, en el cuidarnos, no ya mejor que la política bélica y patriarcal surgida de las vísceras o el ansia de dominio, sino que la propia Ciencia. Por eso deben unirse, junto a la democracia, en lo que hemos de construir. También, por tanto, vamos a necesitar de la poesía, la filosofía o la música para que no nos conviertan en soldados, un concepto que no por casualidad se emplea a menudo a la interna de los partidos para nombrar a los seguidores de tal o cual líder. Hay algo excepcional, indetectable para cualquier microscopio, que se activa en nuestra especie cuando dejamos que fluya la empatía, la comprensión, la solidaridad, el respeto y el amor por quienes nos rodean. Desde ahí nos hemos de reconstruir, sin permitir que dirijan hacia el odio los nuevos miedos que nos está dejando ya esta experiencia.

Ahora más que nunca, bajo parámetros democráticos, ha de fluir libre la fantasía política, económica y social. Poco a poco hemos de dejar atrás el tímido y comprensible keynesianismo de salvación de estos días. Lo que necesitamos, impulsándonos desde estos primeros escalones -que ojo, sabemos que no tendríamos sin Unidas Podemos y algunos aliados socialistas del Gobierno-, será avanzar en nuevas ambiciones anticapitalistas. Es lo único que servirá ante lo que seguirá viniendo. Sin abstractos tratados previos que nadie entiende, sin el ajado folclore habitual que solo provoca rechazo, sino desde la práctica de un sentido común sintiente. En cada decisión se trata de hacer algo tan sencillo como poner la vida por encima de los beneficios de los pocos, de los oligoi. Por eso resulta tan importante la disputa que están librando los sectores más a la izquierda del Gobierno en asuntos como los alquileres o los despidos. Por eso también estamos tardando, y mucho, en intervenir por completo la sanidad privada en una situación como la actual. En cada paso, el día después. 

Estamos conociendo directamente cómo golpea aquello que veníamos en llamar el colapso. Caemos por vez primera en la cuenta de que no sabemos dónde encontrar alimentos si desaparecen del supermercado, algo que en esta crisis nos aseguran que no pasará, pero quién sabe ya más adelante. Nos creíamos los más listos de la creación, pero ahora nos damos cuenta de que los logros eran colectivos y, quizá, la forma y el sitio desde donde saltó el virus nos enseñe pronto que no podemos maltratar animales en ninguna circunstancia. No más mercados salvajes, en ninguno de los sentidos. Durante el Siglo de la Gran Prueba, como lo llama Jorge Riechmann, habremos de ir juntos sí o sí. Ahora también nos percatamos de que no sabemos encontrar agua potable más allá del grifo, pues además hemos contaminado los ríos. Desconocemos cómo restablecer la luz eléctrica si se corta pues, a pesar de que la trajimos al mundo hace ya más de 100 años, apenas sabemos nada de ella. 

En realidad, no sabemos nada de lo qué está pasando con una civilización que, pobres modernos, creíamos eterna pero que nunca llegamos a entender. Bruno Latour acertaba cuando nos situaba en un presente postapocalíptico, sí, donde creíamos haber derrotado ya a la Bestia en forma de Antiguo Régimen, religiones y gremios para habitar por siempre en el fin de la historia del progreso infinito. Sin embargo, intuimos que habitamos en un mundo peor que el de nuestra infancia. También que aquel que entonces soñábamos. 

Algo huele, una vez más, muy mal en Dinamarca; pero no vemos al asesino. En el siglo XVII se encontraron reyes culpables, como Claudio, y les cortaron la cabeza. Las escopetas tuvieron que disparar al aire en el siglo XX, como aquel viejo cascarrabias de Las uvas de la ira, pues los culpables entonces eran los bancos y solo las revoluciones los rozaban. En este siglo XXI, a reyes y bancos se les ha unido esta iniciática pandemia del colapso. Pero un microbio ni piensa ni posee condición moral alguna, como recordaba estos días Manuel Arias Maldonado. Comprendiendo al virus, nos comprenderemos mejor a nosotros y la realidad que nos rodea, esta es precisamente la apertura que nos puede hacer saltar del frenético viaje suicida de nuestra civilización, que hace apenas unas semanas seguía corriendo rauda y veloz hacia los 3 grados respecto a la época preindustrial anunciados recientemente para 2050 como una posibilidad real (¡!). El horror. 

Quedan días durísimos, quizá meses, para superar la situación más dura que como sociedad hemos tenido que enfrentar en las últimas décadas. Aferrémonos a lo mejor que tenemos como especie bifronte que somos. Seamos minuciosos e inteligentes, decididos, en nuestras estrategias contra la pandemia, asumiendo nuestras limitaciones. No demos un segundo de escucha a quien se enreda en el vuelo bajo de la disputa personal y los bulos por cuatro votos, tratando de derribar gobiernos mientras los cadáveres se apilan. Pero no renunciemos a una crítica que puede ayudar a detener este insoportable goteo fúnebre. Aprendamos del mejor esfuerzo colaborador de los y las científicas, atendamos lo que tienen que decirnos desde el arte y las humanidades, seamos al fin radicales en nuestras convicciones democráticas. Denigremos la competición nacionalista, sepamos abandonar el ansia vacía del capitalismo. Protejamos a nuestro personal sanitario, a nuestra gente enferma, sobre cualquier otra consideración económica. Hagamos de verdad lo que tengamos que hacer para salvar vidas, atrevámonos a romper el contrato oligárquico que impide tocar los grandes ingresos y propiedades de los oligoi. Afrontemos el dilema económico que se nos viene encima asumiendo que lo que ha de venir es un decrecimiento de reparto, una reindustrialización ecológica, poniendo desde ya las bases de unas garantías sociales universales para el futuro inmediato. 

El modo desde el que consigamos la liberación -de nuevo nos sirve Arendt- marca el inicio de la libertad que se constituirá después. Es el momento de poner, en cada paso que demos, las bases de un porvenir que frene, o al menos atenúe, el colapso que ya está aquí.