Infancia: raíces teóricas de una exclusión

En esta época turbulenta en la que se vuelve a denostar a las Humanidades y la Filosofía, pues se teme con razón la libertad e independencia que suelen impulsar, comencemos con un ejemplo que aprendí hace tiempo sobre lo que estas pueden ofrecer en crisis generales como la provocada por la pandemia. 

La palabra “infancia” proviene del latín infantia, que a su vez estaría formada por el privativo in-, que denota negación o privación, seguido de fans, el participio presente del verbo forfarifatus sum, que significa decir. Concluimos así que, etimológicamente, los infantes serían “aquellos que no pueden decir”. Volveremos más adelante a la diferencia, que en la retórica clásica se consideraba fundamental, entre el decir y el hablar. La naturaleza plenamente política del asunto se adivina si giramos nuestra atención hacia otra palabra de este mismo campo semántico, infantería. A partir de ello, más aún cuando tan acostumbrados estamos a que nos confundan la política con la guerra, imagino que cada cual habrá empezado ya a sacar sus propias conclusiones. 

Aristóteles consideraba a los infantes como ciudadanos “incompletos”. Estaba a favor de una educación basada en los castigos, una clave maestra para comprender su Política. En esta obra, el de Estagira, cuyos postulados marcarían el pensamiento occidental durante siglos, defendía que los infantes debían ser gobernados “monárquicamente”, no como ciudadanos libres. Sus compañeros de viaje en la exclusión estaban claros: los esclavos, que a su entender carecían de facultad deliberativa, y las mujeres, que aun poseyéndola carecían de autoridad. Para “los menores” reservaba la idea de que solo alcanzaban una deliberación “imperfecta”. En el proyecto de Aristóteles unos “inspectores de niños” vigilarían su “empleo de tiempo” y procurarían que estuvieran “lo menos posible con esclavos”. 

En medio de las tensiones de clase que siempre estuvieron presentes a pesar de la participación política conquistada por los más pobres, el resto de las grandes exclusiones de la ciudad estaban muy claras en la Atenas del siglo IV antes de nuestra, manteniéndose esencialmente durante la cristiandad y el auge de la Modernidad. No se le escapará a quien lea estas líneas un hilo de continuidad, más cotidiano, con la situación de los migrantes como auténticos ciudadanos de segunda en nuestras sociedades, capaces de ser privados de libertad en los Centros de Internamiento para Extranjeros e incluso de ser deportados contra su voluntad. Somos asimismo muy conscientes, cada vez más, de las desigualdades de género, de naturaleza estructural y sostenidas mediante violencias de todo tipo, que mantienen nuestra política y sociedad. Con esta pandemia, a partir del debate generado por el confinamiento estricto al que se les ha sometido, se ha empezado a revelar aquella tercera gran exclusión clásica de la política aristotélica, tan normalizada hoy, la de los niños y las niñas. 

Un autor monumental como Aristóteles en cualquier caso es difícil de reducir a un solo aspecto. La propia Política contiene enseñanzas fundamentales, plenamente recuperables hoy, sobre el uso de la palabra o la comprensión de la oligarquía, por tocar dos de los temas que más me han influido de esa obra. En cualquier caso, hubo otros autores que desafiaron frontalmente la visión aristotélica sobre la infancia, intuyendo que no era algo ni mucho menos secundario. Detrás llevaban toda una teoría política alternativa, más inclusiva, pacífica y a mi modo de ver más realista que la aristotélica sobre las complejidades del ser humano. Sobra decir que fueron claramente derrotados, pero baste el ejemplo de estas líneas -cuyas ideas principales recogí en una obra de 2010-, para demostrar que al menos no fueron olvidados. 

Marco Fabio Quintiliano está considerado junto a Cicerón como el pensador romano de mayor relevancia para muchas de nuestras tribulaciones actuales, solo que resulta más celebrado fuera que dentro de nuestras fronteras. Nacido a comienzos del siglo primero de nuestra era en Calahorra, actualmente en La Rioja, más allá de sus aspectos educativos su obra apenas se ha difundido en nuestro país. Su potente concepción de la retórica y de la política es sustancialmente diferente a la aristotélica. 

Quintiliano rechaza así cualquier castigo o invasión en la educación de los niños. La inteligencia viva que estos demuestran ha de ser cultivada con cuidado, desde el juego y la música. Esto lo manifiesta en paralelo a la defensa del fin de los castigos contra los delincuentes. Si el interés del Estado está en que lleven una vida honrada en el futuro, mucho mejor será liberarlos, escribe. 

De manera coherente con lo anterior, Quintiliano rechaza de plano la expresión de ciudadanos “incompletos” de Aristóteles. Para el de Calahorra somos diversos en nuestras edades, así como lo son también los infantes en un aula. Hay que atender, reconocer y aceptar esa diversidad. Y enfrentarse a la tarea educativa desde “el afecto”. Solo así “no desapareceremos entre la turba”, concluye. 

En su magna obra completa, dividida en 12 libros y donde nos cuenta cómo ha sido escrita desde el dolor de perder a su esposa y dos de sus hijos, Quintiliano valora especialmente la memoria de los niños, “el aliento del alma”, dice, casi tanto como “su pensar noble”. Habrá infantes que no hablen todavía, otros que no puedan llevar a cabo una deliberación racional tan excelsa como la de un profesor universitario de una ciudad europea, por retomar un argumento de Iris Marion Young, pero a pesar de ello, si sabemos escuchar, que no meramente oír, sabremos que tienen otras formas de decir. Y que estas no estarán exentas de profundidad. 

El gran continuador de la obra de Quintiliano, su auténtico epílogo humanista, es el napolitano Giambattista Vico, quien escribiera a comienzos del siglo XVIII gran parte de su obra aún bajo dominio español. En algunos de sus escritos nos dejó la estampa de cómo cada día hacía su labor de estudio y escritura rodeado del alegre bullicio de sus hijos. Es, ya de primeras, una actitud que contrasta con ese otro gran patriarca de la filosofía occidental, Sócrates, que según relata Platón, poco antes de tomar la cicuta, habría solicitado a su mujer Jantipa que se marchara junto a su hijo, seguramente lloroso y asustado, de la estancia donde estaba junto a sus amigos y discípulos. Los adultos en la sala, por retomar una expresión tristemente popular en nuestros días, tenían cosas trascendentales y seguramente muy serias de las que hablar. 

Pues bien, Vico escribe desde otro lugar. Por eso sabe enlazar la poderosa fantasía de los infantes con la imaginación política de los primeros pueblos y sus fundadores, los poetas. De nuevo aparece en este autor la inclusión de los afectos junto a una idea de la razón no metódica, que no pierde el contacto con el suelo en una querencia por lo abstracto que califica de “barbarie de la reflexión”. El napolitano conecta la fantasía con la memoria, de la misma manera que Mnemosyne es la madre de las Musas. Pero no se quedará ahí, pues se atreve a conceptualizar aquellas zonas mudas del ser que, sin embargo, resultan significativas. Lo mudo en Vico es aquello que, tanto en el foro interno como en el externo, no habla, pero que sí sabe decir. 

Se trata de una aproximación musical a la política. Al igual que los silencios se señalan en una partitura, desde una lectura de la política que no excluya a la infancia también podremos ser capaces de leer los silencios de una ciudad. Las clases y barrios silenciados, los colectivos golpeados, esposados, maltratados, tomados por menores, imperfectos o sin autoridad. También, retornando al campo semántico de donde procede lo infantil, está lo inefable, aquello que no se puede expresar con palabras.

La inclusión política del inconsciente, de los sueños, de los sentimientos, junto a la imaginación, la memoria y una razón que no pierda el alma, para volverse desalmada, está en la base del proyecto de esta retórica clásica y humanista que fue duramente derrotada por lo que Stephen Toulmin ha calificado con acierto como la segunda ola moderna, aquella que arrasó con todo esto en el siglo XVII. Por eso hoy, cuando queremos descalificar algo como palabrería o manipulación, indicamos que se trata de “mera retórica”. 

Pero más allá de las consecuencias evidentes de una victoria teórica prácticamente total sobre una materia que fue central durante siglos, si no milenios, en el currículo europeo, si repasamos a los grandes autores contemporáneos de las corrientes dominantes en teoría política desde finales del siglo XX, muy pocos, a excepción de casos como la mencionada Young Bruehl desde el feminismo y la sensibilidad retórica, o aquellos que escriben en la estela de Freud, toman en cuenta a la infancia. Hay un silencio, una exclusión implícita, en casi todos ellos. Las teorías deliberativas o republicanas dominantes, sin ir más lejos, ni los contemplan. 

Es así como volvemos, con todo esto en mente y recordando la etimología revelada al comienzo, a nuestra coyuntura más inmediata. 

Los niños y niñas de nuestro país llevan semanas, más de un mes ya, confinados estrictamente en sus domicilios. Muchos de ellos lo hacen en pisos interiores, sin terrazas ni jardines, en medio de una angustia creciente ante las incertidumbres vitales y económicas que va dejando la irrupción del virus en nuestras vidas. Seguramente, como escribía Miguel Roig estos días, su mayor anhelo reside en reencontrarse con sus pares. Hay algo muy poderoso sobre lo que aprender de la confianza y amistad con la que dos niños comienzan a jugar en un parque. Sus trifulcas, en cambio, son sorprendentemente parecidas a las nuestras.

El caso es que ante la aparición del SARS-Cov-2 nadie les ha preguntado, no han podido opinar, ni siquiera han podido votar a los adultos que han tomado las decisiones colectivas que, de repente, han puesto la política en primera línea de sus vidas, determinando qué pueden y qué no pueden hacer. Muchos de ellos ni siquiera saben aún lo que es el Estado, qué es un Gobierno y quiénes son los gobernantes que, como señalaba Isaac Rosa hace unos días, se dirigen a ellos por la tele calificándoles de “vectores de transmisión” para justificar su completo encierro. 

En realidad, nuestro ministro de Sanidad, Salvador Illa, en medio de la enorme presión que debe estar soportando, se ha revelado en esta crisis, seguramente a su pesar, como un digno representante de toda esta corriente latente de fondo que domina nuestra política desde hace siglos. El que etiquete y estigmatice a los niños y niñas calificándolos de “vectores de transmisión”, como se hace con los mosquitos de la malaria, no es más que otro formidable ejemplo de hasta dónde puede llegar la incuestionable exclusión política de la infancia. 

Cuando a este mismo ministro se le ha preguntado por el momento en que se suavizaría el confinamiento de los infantes un día dijo que “no tocaba”. Sabemos que en nuestro mundo los adultos están decidiendo continuamente sobre lo que les afecta a los más pequeños, desde las zonas verdes que pueden disfrutar en una ciudad, el aire contaminado que respirarán, las camas de hospital que tendrán disponibles, los recursos educativos, las asignaturas que darán o si tendrán o no tendrán un cuarto digno y con luz. 

Ese “no toca”, que a quienes creemos en una representación democrática nos indigna, para nuestros niños y niñas es en realidad algo eterno. Nunca les toca saber ni ser consultados. Y aunque no sepan definir un Gobierno, son tan protagonistas de la política, y se ven tan afectados por ella, como cualquier adulto. Es más, como han demostrado los y las jóvenes de Fridays for Future junto a otros movimientos ecologistas de todo el planeta, ellos van a ser los principales afectados del calentamiento global en curso y están demostrando un sentido común de especie mucho más afinado que el de sus serios gobernantes. 

Hay otras maneras de escuchar a los infantes que no pasan por una deliberación à la Habermas. Quizá podemos empezar por cambiar el lenguaje y el modo de llamarlos. Así, atendiendo a la retórica mediterránea de Quintiliano y Vico, reconoceremos que son mayores que nosotros en memoria y fantasía, seguramente también en pensar noble y profundo. Y aunque muchos no pueden hablar, sí que son muy capaces de decir. Lo que precisan es de una política y una sociedad que sepa escucharlos, que los incluya como ciudadanos completos. 

El riesgo, claro, como con las Humanidades y la Filosofía, reside en que son “incontrolables”, como también apostillaba el ministro. Decía Hannah Arendt, digna continuadora de Vico, que en cada nacimiento se encontraba la posibilidad de la revolución. Y no le faltaba razón. 

Ahora, en lo urgente, comparemos su prolongado y estricto confinamiento con las decisiones tomadas sobre otros colectivos. Así, los adultos podemos sacar a nuestros animales domésticos a pasear desde el principio del confinamiento. Y desde el pasado lunes 13 de abril, millones de trabajadores y trabajadoras han tenido que regresar a sus empleos. No parece haber por tanto mayor razón para que no se decrete que los y las niñas puedan salir a pasear acompañados de un adulto, con la debida distancia física que aún resulta prudente mantener. Atendamos también a la diversidad, a sus diferentes vulnerabilidades en un encierro. 

Cuando nos acercamos a los niños y/o niñas con quienes convivimos y jugamos un rato con ellos, les leemos o sencillamente los acompañamos, enseguida podemos comprobar que aflora lo significativo en una impaciencia, una rabieta o un llanto, también en un cariño, una mirada perdida o una sonrisa. Reconozco que no siempre es fácil descifrarlos, pero así también nos dicen. Finalmente, tanto si hay como si no hay hijos, nietas ni sobrinos en este confinamiento recomiendo optar, a la manera del Peter Pan de Spielberg, por reconocer, recordar o escuchar al niño que todavía en buena parte somos. 

Todo esto nos habría de ayudar, espero, poco a poco y a partir de estas primeras medidas, a revertir una exclusión milenaria. Para ello, como dejé escrito por aquí hace unos días, ayudaría seguir la máxima de que, en cada paso, el día después. Pongamos por tanto en marcha acciones políticas concretas que construyan una democracia más inclusiva, abrámonos a las dosis de fantasía y revolución que frente a la política establecida traen, ya solo en su mirada, los más pequeños. 

Dibujo de Ada Alonso, 12 años, interpretación libre a partir de Elena Khatman: https://www.instagram.com/elkhatman/

La comedia humana, de William Saroyan

Este es un libro que me recomendó un amigo hace mucho y que, hasta ahora, tiempos frágiles de cuarentena, no había leído. Su padre ha sido uno de los escritores cuya prosa, austera y sin artificios, sabia como pocas, más he disfrutado nunca, Juan Farias. Primera lección por tanto del libro, hay que hacer caso a los amigos. Más aún si saben de literatura. Y aunque está situado en los primeros años cuarenta norteamericanos, en estas circunstancias nuestras, bajo la pandemia, su lectura ha tomado para mí todo el sentido. Veamos por qué. 

Fiémonos siempre también de las primeras páginas de una obra. Esta arranca con un niño llamado Ulysses -pronto descubriremos a su hermano mayor, Homer- que, maravillado ante la naturaleza, siente una fascinación no menor por los trenes. Cuando pasa uno de carga, lento y ruidoso, junto al lugar donde estaba admirando una ardilla, el niño se lanza a saludar al maquinista y sus ocupantes, pero nadie le devuelve el saludo. Solo uno, negro y distinto a los demás, piensa Ulysses, le saluda y canta. Es este “un mundo extraño”, nos dice el narrador, “absurdo pero hermoso”. Ulysses lo recorrerá en diversas aventuras, lanzándose más allá de su casa, descubriendo en ellas, como los viejos héroes, el miedo, el riesgo o la amistad. Una vez ha desaparecido el tren, marcha tras el saludo de vuelta a casa, entrechocando sus pies en el aire, lo que hace siempre que está contento. Al llegar, cogerá el huevo de una de las gallinas del corral y se lo ofrecerá a su madre. Con ello, leemos a Saroyan, “quería decir lo que ningún hombre puede adivinar y ningún niño recuerda para contarlo”.

Estamos en plena Segunda Guerra Mundial en un pueblo de California, patria chica de Ulysses, Ithaca. El primogénito de la familia, Marcus, está en el frente. Con sus apenas 14 años, Homer trabaja en una oficina de telégrafos y ha de encargarse de llevar las malas noticias, las de la muerte, a las familias. Es una manera tremenda de hacerse mayor. La chaqueta le estaba grande y la gorra pequeña, describe el narrador para presentárnoslo. Montado en una bicicleta de segunda mano, en su imaginación Homer desarrolla un tema musical con el arpa de su madre, el piano de su hermana Bess, el acordeón desenfadado de Marcus y toda una orquesta de cuerda. Eran tiempos de telégrafos y música en casa, estaban doblando la esquina de la historia, en medio de una contienda donde Estados Unidos se iba a dejar 400.000 hombres. Hoy algunos cálculos rondan, moderados, los 100.000 fallecidos por la COVID-19 para ese país. 

La novela no solo la protagonizan los niños, también la gente mayor. William Grogan, telegrafista del turno de noche y jefe de cables, es memoria viva de ese mundo que se escapa. Quizá por tantas malas noticias acumuladas, por los constantes ataques que le dan y le empiezan a mostrar ya la puerta de salida, o sencillamente por la nostalgia de un mundo que se esfuma, el de las baladas antiguas de su viejo amigo Tom Davenport, bebe demasiado. Lo que espera de Homer, dice, es “una comprensión más profunda de lo que se espera de los hombres de más de doce años”, así que le pide que en cuanto le vea dormido, borracho, le eche agua fría en la cara y le traiga un café al instante. Él entonces seguirá trabajando. 

Recuerdo entonces a un viejo amigo mío, que ahora vive este confinamiento en París, y me viene de él una gran lección que él, a su vez, había aprendido de un viejo sabio, Amadou Hampâté Bâ: “En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde”. Esa frase colgaba de las paredes de su cuarto cuando le conocí. La generación que estos días sufre, más que ninguna, los embates del virus, acoge en su memoria las grandes experiencias del siglo XX y también las más pequeñas historias cotidianas de cada familia. No está siendo este el modo en que merecían despedirse. No tenemos respuesta, como el viejo Grogan ante cada funesto telegrama, al por qué de todo esto. 

Pero igual que la pandemia no es una guerra y el virus no es un enemigo al que abatir con uniformes, autoritarismo y pasos marciales, Saroyan tampoco acaba de aceptar del todo el tablero de la guerra justa en esta novela publicada en 1943. Leo en retazos de su biografía que el gobierno norteamericano le encargó redactar una obra que ensalzara las buenas relaciones con los británicos en medio de la contienda, pero él, pacifista confeso, entregó un texto que por poco le cuesta un Consejo de Guerra. Es así un autor propio de Sibbólet, alguien que no sabe, o no quiere, pronunciar las palabras de paso, aquellas que nos convierten en soldados. 

Marcus, camino del frente, escribe a Homer: 

“Estoy bien, y aunque nunca he creído en las guerras, y sé que son estúpidas, incluso cuando son necesarias, estoy orgulloso de estar en ella, ya que hay tanta gente que está, y estamos haciendo historia. No cuento a ningún ser humano entre mis enemigos, ya que ningún ser humano puede ser enemigo mío. Sea quien sea, es mi amigo. No tengo nada contra él, sino contra esa parte desafortunada de él que intento destruir primero en mí. 

No me siento un héroe. No se me dan bien esos sentimientos. No odio a nadie. Tampoco me siento un patriota, porque siempre he amado a mi país, a su gente, a sus ciudades, a mi hogar y a mi familia. Preferiría no estar en el ejército. Preferiría que no hubiera guerra (…) Tengo un miedo terrible, te lo tengo que decir, pero estoy convencido de que cuando llegue el momento haré lo que crea correcto. No obedeceré más órdenes que las de mi corazón”. 

Cada vez que Homer lleva un telegrama a una familia que, ajena a la desgracia, celebra un cumpleaños, pasa una tranquila velada veraniega o canta y toca música en casa, algo en su interior se quiebra para siempre. Así sucede desde el primero que entregara a Rosa Sandoval, mexicana, madre del soldado Juan Domingo, la noche que comenzaba su nuevo trabajo. Y escribe Saroyan, el armenio, sobre Homer, el chico de Ithaca: “se imaginó a la mujer en el pasado, una hermosa joven sentada en la cuna de su bebé (…) La vio mecer la cuna y la oyó cantar al niño. Mírala, se dijo a sí mismo”. 

Es imposible anticipar la muerte, prepararse para ella. Esa noche Homer volverá pedaleando entre lágrimas e imprecaciones, roto. Tampoco hay palabras que consuelen, si acaso el mero acompañar, como bien sabe hacer Spangler, director de la oficina de telégrafos, enamorado en medio del horror. “Tú me quieres, ¿verdad?”, le preguntaba a veces Diana Steed, y entonces Spangler era feliz. Sabía, gracias a aquellas palabras, cuánto se querían en medio de este absurdo y extraño mundo. 

Hay un capítulo crucial que nos dice mucho sobre cómo entiende Saroyan toda esta comedia humana, el del atracador. Un joven entra en la oficina, donde solo está Spangler, y lo hace armado con un revólver. Poco antes había recibido la ayuda del director, pero ahora parecía otro, estaba desesperado. Spangler le dice: 

“Te daría el dinero de todos modos, pero no porque me estés apuntando con un arma. Te lo daría porque lo necesitas. Ten. Es todo el dinero que hay. Cógelo y luego coge un tren a casa. Vuelve con los tuyos. Yo no informaré del robo. Pondré el dinero de mi bolsillo (…) Si necesitas usar un arma para conseguir dinero, entonces es tuyo. Sé cómo te sientes porque yo me he sentido igual. Los cementerios y las prisiones están llenos de buenos chicos norteamericanos que han tenido mala suerte y han vivido malas épocas. No son criminales. Ten. Coge este dinero y vete a casa”. 

Uno de los retos de este confinamiento es el de ponernos en los zapatos de otro/a. Pero eso no basta, podemos imaginar una situación, un dolor ajeno, pero hemos de acompañarlo de compasión, de un sentimiento que acompañe al intelecto. Imaginación, pasiones y razón, pura condición humana.

“¿A quien se puede odiar? (…) ¿Quién es el responsable?” musita en el abismo Homer al recibir un telegrama del Departamento de Guerra. Leerlo me conduce a escuchar la rabia ajena, sus razones, acompañar en silencio si es necesario, tratar de disolver tanta furia desordenada para convertirla en amistad, comprensión, tristeza y deseos de salir de esto lo mejor posible, aún en la diferencia. Sabiendo del conflicto social inevitable que también nos recorre. Conocer a Homer, adivinar por dónde irá, ayuda a reafirmar las convicciones sobre lo triste y estéril que siempre es el camino de cualquier odio. Desterrarlo por tanto, no evadir la responsabilidad, pero sin juicios sumarísimos, y volcarse con todo en que no vuelva a pasar.

Pensemos así más allá del gobierno que menos nos guste, de una manera crítica a la vez que reparadora, independiente, constructiva sobre un mundo humano en destrucción. Indaguemos por ejemplo en la deforestación que ha acercado como nunca a los animales salvajes portadores de patógenos a zonas pobladas. En el modelo de ganadería industrial, expandida desde occidente y nuestros propios supermercados. Repasemos los planes de ajuste estructural que han guiado los recortes sanitarios también en nuestro país. Recordemos, relacionado con lo anterior, el modelo primario exportador de tantos países por todo el globo, dentro de un injusto comercio internacional, de un lacerante reparto de deudas, como también sabemos directamente desde 2008. Enjuiciemos por tanto las políticas enmarcadas en el consenso neoliberal también en esta pandemia. Repasemos, por ejemplo, si en Guinea fue la deforestación provocada por aumentar la producción comercial de aceite de palma lo que provocó un brote de ébola con 11.000 muertos hace apenas cuatro años. Y actuemos, desterremos estas dañinas políticas para siempre. Busquemos cómo está organizado el sistema de vacunas internacional, capaces de recoger cepas para la investigación en países que ni olerán los resultados de las grandes farmacéuticas. Y cambiémoslo. Preguntémonos por los más de 400.000 fallecidos en 2018 por paludismo, un 67% de los cuales eran niños menores de 5 años. Vayamos más allá de la empatía.

Estamos doblando la esquina de una época, procuremos que el mundo que nos aguarda sea mejor que el que de esta manera tan triste estamos dejando atrás. 

“Creo que mi padre era algo así como un gran hombre”, le dice Marcus en el tren a su amigo del alma, Tobey. “No me refiero a que tuviera mucho éxito ni a que fuera importante ni nada parecido. Ni siquiera tenía un oficio o una profesión. Trabajaba para sobrevivir (…) Si lo hubieras visto por la calle pensarías que era un don nadie, pero era mi padre, y yo sé que no lo era”. Los cuidaba, los quería, ahorraba durante años para un arpa, enseñaba las cosas importantes de la vida contando cuentos, anécdotas, acompañando a menudo seguramente sin necesidad de decir. 

Hoy los grandes hombres y mujeres de nuestra época nos rodean en los hospitales, en las tiendas, en el transporte, en nuestras familias y amistades. Sepamos reconocerlos, convirtámonos en seres dignos de ser descritos así en el futuro. No por haber tenido éxito o haber sido importantes a nivel local, nacional o global, sino por haber sabido estar ahí, comprendiendo, aprendiendo y ayudando a ras de vida.